18.8.14

El Gran Elector de rector: el tercero excluyente


2ª quincena, agosto 2014



Se ha señalado, en el curso de un debate entre los candidatos a rector por la Universidad de la República, que las diferencias que separan las respectivas propuestas serían relativamente menores.[1] No estamos, sin embargo, ante un tercer candidato, ni se involucran en la polémica sectores externos a la institución, por más que la difusión que alcanza la contienda por el rectorado parezca sin precedentes. Si se subraya que las diferencias serían relativamente menores entre dos candidatos, forzosamente se trae a colación una tercera referencia, un tercero excluido o incluido que oficia como confirmación, ya sea de una dualidad acotada por un tercero, o de una mediación entre opuestos.

No deja de sorprender, por otro lado, que se perciba una relativa proximidad entre los programas rectorales que presentan Markarian y Rico, ante cierto carácter de “debate electoral” en el sentido más agudo: que no se priva de visos mordientes, incluso respecto al período del rector saliente, en medio de una pugna destinada a ganarse la voluntad del demos universitario. Las marcas de confrontación que ofrece el contexto son asimismo mayores, como en el caso sin precedentes hasta ahora, de un pronunciamiento dividido de la representación estudiantil en la Asamblea General del Claustro.[2]

Tampoco dejan de intervenir voces moderadas y moderadoras, que introducen digresiones relativas al conocimiento personal de los candidatos, de sus galardones curriculares y de su dedicación universitaria. Destinados a restituir un clima de  antaño en elecciones universitarias, estos intentos contribuyen, a raíz de una insistencia en limar las diferencias, a subrayar que ha corrido agua bajo los puentes, en particular porque las buenas intenciones parecen destinadas a restablecer el paso entre dos lados.

 La virulencia que parece ganar terreno en esta elección de rector, en particular si se la compara con las anteriores, contrasta ante todo con la diligente aplicación con que la universidad pública absorbió las ríspidas restricciones que le impuso, incluso en período de bonanza macroeconómica, un gobierno que ilusionó a la misma casa de estudios.[3]

Ni siquiera una vez cumplidas las metas que se le encomendaron por parte de una izquierda con mayoría parlamentaria, se obtuvo con destino al ejercicio en curso un “adelanto a cuenta del cumplimiento” en la Rendición de Cuentas de 2013. Ante la hostilidad de la fuerza política a la que se consideraba hermanada por tantas luchas del pasado, cundió en filas universitarias la parsimonia en las reacciones, por no decir la resignación, en elocuente contraste con la movilización de los demás sectores de la educación pública. Particularmente el magisterio y el profesorado secundario no sólo ganaron la calle por sus reclamos, sino también los medios, gracias a la primera impugnación gremial que se recuerde en el Uruguay, del sistema político como tal.[4]

 Incluso si se considera que las situaciones relativas de las distintas ramas de la enseñanza en el mismo país no son comparables (aunque de la correlación no salgan favorecidos los profesores universitarios que se inician en la carrera docente), la atonía de las reacciones que se manifestaron desde la “casa de estudios mayor” no pudo provenir, ante la disminución presupuestal, sino de una desmovilización interna. Tampoco explica esa indefensión relativa que el gobierno, particularmente a través del propio presidente –quien se ocupó de corregir (ideológicamente, claro está) a los docentes, haya parecido más indulgente con los universitarios que con los maestros o los docentes de secundaria.

Entre la intensidad polémica de hoy y la escasa movilización reivindicativa de ayer, así como por oposición a la combatividad de las otras ramas de la enseñanza pública, se levanta una referencia gravitante: el proyecto gubernamental para la enseñanza. Quizás en ese proyecto se inspira la evocación, por parte de comentaristas, de un tercero en cuestión, que habilita a considerar “menores” las diferencias entre dos candidatos tan enfrentados, sin embargo, entre sí como por sus propios apoyos.

Conviene entonces preguntarnos que ha propuesto el gobierno, principalmente a través de la elocuente propensión declarativa del presidente de la República, con relación a la educación pública, pero de forma prioritaria para este planteo, con relación a la Universidad de la República.

La propuesta de Mujica ha reiterado un conjunto de elementos que conjugados entre sí presentan una coherencia argumental, en cuanto se infieren unos de otros:

-la universidad debe ponerse al servicio de la producción nacional

-la educación universitaria de contenido letrado y crítico no hace sino propiciar egresados improductivos y profesionalmente frustrados

-la biotecnología encierra los contenidos académicos necesarios y suficientes para el desarrollo agrario al que puede aspirar el Uruguay

Por más que estas orientaciones adquieran, expresadas a través del estilo presidencial, un aire desgranado y  antojadizo, no dejan de reflejar una coherencia que surge de la propia contrastación de tales enunciados con las acciones gubernamentales:

-El equipo dirigente de la ANEP se consolida una vez que Wilson Netto, docente de la enseñanza técnica, quien representa por su propia especialidad profesional una orientación educativa técnica y aplicada, ocupa la presidencia del Consejo.

-El parlamento con mayoría absoluta oficialista  y beneplácito del Poder Ejecutivo, crea por ley una Universidad Tecnológica, a la que se patrocinó oponiéndola a la Universidad de la República, con un designio productivista vinculado principalmente al sector agrario.[5]

-El mismo Poder Legislativo sólo aprueba recursos para la Universidad de la República  con destino  a la implantación en el interior del país y a la construcción de edificios, bloqueando de esa forma el desarrollo académico como tal, en particular de los grupos de investigación ya existentes y aquellos en vías de consolidación.

La selectividad y especificidad de las orientaciones declaradas y llevadas a cabo, así como la coherencia entre unas y otras señala que se trata de un planteo que adjudica al Uruguay un rol específico:

-reducir el ámbito académico a la perspectiva tecnológica aplicada

-eliminar la formación teórica de perfil universal

-identificar el saber con el desarrollo económico

Un designio de transformación radical de la sensibilidad y la orientación universitaria en el Uruguay cuenta, desde la aprobación en 1958 de la Ley Orgánica de la Universidad de la República, con un único antecedente: el surgimiento en los años 90’ de un cuestionamiento del “corporativismo” y de la “ingobernabilidad” que vino de la mano de la corriente denominada “publicacionismo”, a través de la reivindicación de cierta “legitimidad académica”.  El rigorismo que supeditaba la calidad docente al reconocimiento académico en la post-graduación y en publicaciones arbitradas –ante todo internacionales, fracasó sin embargo políticamente, acotado por las tradiciones orgánicas de la modernidad en una institución particularmente marcada, en su trayectoria histórica, por la incidencia de corporaciones involucradas (partidarias, profesionales y gremiales). A una desacertada lectura del contexto –quizás concomitante a cierta simplificación formalista del saber, los “publicacionistas” sumaron, como factor adverso, la disminución presupuestal de la universidad pública por parte de los partidos tradicionales, que incluso se agravó con la crisis de año 2002, cuando el Uruguay se encontró al borde del default. El proyecto que intentó desmarcarse de la gravitación pluri-sectorial del cogobierno y de la consiguiente concomitancia de una diversidad de intereses en el conjunto de la sensibilidad universitaria, se vio privado de viabilidad política, tanto por el propio arraigo social de la institución en las tradiciones orgánicas del país, como por la magnitud de la crisis que reforzó el recurso histórico a las bases movilizadas.

La candidatura de Tuyá en 1998 cerró para la corriente de opinión que lo sustentaba la posibilidad de una hegemonía universitaria, entre otras razones y quizás ante todo, porque reducía el carácter de proyecto universitario, o sea de un desarrollo universal del saber, al mero designio académico, sustentado a su vez en un posicionamiento del saber en el aparato tecno-económico que siguió a la 2ª Guerra Mundial. El acento puesto en la producción arbitrada y en la reducción del peso de la gestión entre las responsabilidades universitarias, fracasó maniatado por cierta aversión narcisista al fárrago de la contienda política, pero también pautado por la prolongada disminución de los recursos universitarios por parte de la derecha, circunstancia que condenaba avant la lettre toda puesta entre paréntesis de la militancia orgánica.

El fracaso político determinó sin embargo rumbos soterrados para este proyecto “publicacionista”, en cuanto una quimérica sustitución del “capital económico” por el “emprendedurismo” del “capital tecnológico” alentó,[6]  durante el rectorado de Arocena,  que el formalismo tecno-científico continuara vigente en el interior de las estructuras universitarias. Antes de finalizar el primer rectorado de Arocena (en 2006) accedía a la presidencia Mujica (en 2009), con su inefable proyecto de liquidar el saber teórico para promover el desarrollo económico, que galvanizó en una única “ofensiva contra la autonomía”, tanto la tradicional política anti-universitaria de la derecha como la sumisión de la tecnocracia –genealógicamente apartidaria- a las evaluaciones internacionales. Conviene recordar, para considerar el sesgo que se incorpora bajo el expediente de “procedimientos de evaluación”, que la “evaluación de resultados” se vincula, desde la perspectiva que la asocia al desarrollo productivo, con una supeditación de la calidad educativa a los criterios de medición del mercado.[7]

Un academicismo que soterraba su aversión a la política refugiándose entre las bambalinas del sistema político, incluso y ante todo en el gobierno, se complementa simétricamente con una índole del poder político sometido al desarrollismo tecnológico de las corporaciones empresariales –de más en más gobernadas por la “economía del conocimiento” y por las megaempresas sustentadas en el potencial tecnológico. Se configuró así una alianza curiosa pero efectiva entre sensibilidades antaño distantes: a una despolitización del saber le corresponde, en escala de viabilidad política, una supeditación de los partidos al desarrollo tecnológico, en particular visible ante el par “medios-encuestas”.[8]

Esta propensión a desafiliaciones recíprocas y complementarias entre docentes academicistas y políticos profesionales están muy lejos de ser caprichosas o arbitrarias. La integración tecnológica del poder económico después de la 2ª Guerra Mundial y muy particularmente, desde el fin del siglo pasado, supuso la progresiva disolución del conocimiento enciclopédico en la producción y gestión artefactual de información (que incorpora a los académicos a través de los sistemas de arbitraje y difusión de publicaciones). El tenor académico narcisista del proyecto “publicacionista” continuó latente incluso bajo el “protagonismo de la sociedad” que supuestamente propició el rectorado de Arocena, al tiempo que la base tecno-económica que lo sustentaba le abría ventanas de desarrollo asociado al extranjero, particularmente en razón de una creciente integración internacional de los aparatos tecno-científicos. Esta doble determinación cientificista generó en el país cierto clima de “República de ingenieros”.[9]  

Sin duda no todo ha sido coherencia en las disposiciones tecno-gubernamentales, en particular porque la inspiración original del planteo “publicacionista” provenía de la crítica del corporativismo, inscripta en el movimiento anti-totalitario que se inicia en los años 60’. Esa sensibilidad se origina en las universidades y particularmente en el movimiento estudiantil, razón por la cual democratiza la significación del liberalismo. Esta democratización interviene particularmente en la génesis de los “movimientos sociales” –que encuentran una expresión primigenia en el movimiento estudiantil-  y le da un arraigo inédito, por contraposición a la coerción institucional del poder  de Estado, que en el mismo período de la Guerra Fría comienza a ser permeado por los bloques geopolíticos. El signo político del purismo académico se transforma, sin embargo, una vez que durante los años 90’ la pugna entre bloques geo-políticos cede paso a la hegemonía tecnológica vinculada a la competencia económica. En un contexto de “fin de la historia” –a traducir por uniformidad neo-hegeliana de razón y realidad- la educación se convierte, particularmente en el registro de “calidad educativa”, en una bandera de “desarrollo social”, oportunamente adoptada por el FMI y particularmente por el Banco Mundial (proyecto para las universidades de 1998, o el propio “proyecto Rama” para la ANEP bajo Sanguinetti).  

La contradictoria génesis del proyecto tecno-académico (entre su origen democrático en el rol de las universidades en los 60’ y la supeditación a la homologación internacional de procedimientos-recursos)  subsiste en los elencos gubernamentales que lo incorporan en tanto “racionalidad mundial sin alternativa” (por ej. los “acuerdos de Bolonia”). Tales contradicciones  quedaron al descubierto cuando el poder ejecutivo percibió que no controlaba los hilos del proceso, tal como sucedió con la elección de presidente de la ANII (Agencia Nacional de Investigación de Innovación) a inicios de 2013,[10] o en la creación de la Academia de Ciencias, que parece expresar un intento de reagrupamiento de sectores vinculados a la academia tradicional. El destino de la disputa entre  “tecnólogos empresariales” y  “científicos básicos” ya está, sin embargo, laudado en sus grandes líneas por el desarrollo mundial y particularmente, por la dependencia de los “básicos” ante los propios recursos que sólo justifican, desde la perspectiva “ciencia y tecnología” que levantan unos y otros por igual, los tecnólogos. El invento (de justificar socialmente a la ciencia por la tecnología) habrá, en una figura paradójica si las hay, matado al inventor.

Varios comentaristas han asociado la candidatura de Markarian con el “academicismo”.[11] Sin embargo, parece que debiera descartarse esa identificación, no sólo por la sólida convicción enciclopédica que exhibe Markarian respecto al papel de la universidad, sino ante todo porque pretende, desde esa misma perspectiva, la viabilidad de cierto “dad al César lo que es del César”.[12] No habrá sin embargo posibilidad de acotar la bulimia de  tecnología del poder político, ante todo, porque la desnutrición que  sufre es efecto de una incapacidad de asimilación. El gran drama del sistema político en la actualidad, es que la tecnología lo deja desprovisto de margen de decisión propia, como no sea en razón de los dictados de la propia tecnología, o sea, en un papel redundante. Véase sino el “índice de confianza de la población”, en un ejercicio comparativo entre partidos y medios de comunicación.[13] Lo anterior no quiere decir que entre quienes apoyan a Markarian no milite un buen número de “publicacionistas”, sino que el destino de estas convicciones no apunta en el presente a la universidad, sino a aparatos integrados globalmente, con participación del sistema político.

Por otro lado se ha asociado la candidatura de Alvaro Rico a las orientaciones de “ciencias humanas” y “ciencias sociales”. Sin embargo, la característica de estas orientaciones en el presente (baste con nombrar a Foucault y su posteridad, entre tantos otros) consiste justamente en poner en cuestión la inscripción del saber en el Estado. Ahora, precisamente Rico toma como ejemplo del proyecto universitario que propugna la integración entre el Mides y la Facultad de Ciencias Sociales.[14] Es más, su propuesta de defensa de los “derechos humanos” los identifica como un contenido positivo, que habilitaría una programación consecuente con esa referencia.  

Baste ver, para  considerar los efectos de una confusión entre los DDHH y el Estado, la órbita jurídica de la Institución Nacional de Derechos Humanos, que se limita a la denuncia de situaciones, sin poder ejercer ninguna acción que no sea por la vía de los humanos titulares de los derechos en cuestión.[15] Esta circunstancia institucional ilustra hasta qué punto los derechos humanos son cuestión de los individuos personales y colectivos, de cara a las instituciones, por lo que resulta lesivo pretender que los DDHH puedan integrar una referencia programática estatal, como en el caso de la plataforma levantada, bastante antes de la postulación de Alvaro Rico, por el propio Tabaré Vázquez. La simpatía que sugiere Rico entre la universidad y las estructuras de representación pública –gremiales y gubernamentales particularmente- no se encuentra bien auspiciada, sobre todo en razón de la “fidelidad contrariada” que se pusiera de manifiesto, por parte de la misma universidad, al final del rectorado de Arocena.

Ni “tercero excluido” ni “tercero incluido”, la sombra que posiciona las diferencias entre Rico y Markarián como “menores”, proviene de un “tercero excluyente” que no deja margen para nadie más. Quizás por esa razón, la integración mundialista en torno a la tecnología, pautada por la supeditación del saber a la artefactualidad que determina la actualidad -que al decir de Derrida “para saber de qué está hecha, no es menos preciso saber que lo está”-[16] y la subsiguiente globalización mediática, no necesita hacerse presente con una candidatura propia, en tanto permanece dispuesta a anular toda alternativa. Quizás desde la perspectiva en que se inspira la crítica del “pensamiento único”, haya que recordar que si es “único” no es “pensamiento”.[17] De ahí que el afuera no pueda sino cundir, como en el caso de la identificación entre  el movimiento estudiantil y el “no a la baja” (de la edad de imputabilidad penal), además, un 14 de agosto.






[1] Ver las opiniones de Radi en Da Silva, M. “Justifique” Sala de Redacción-FIC http://sdr.liccom.edu.uy/2014/07/15/justifique/ y de Caetano en Rómboli, L.  “Ideas rectoras” La Diaria (11/07/14) http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/7/ideas-rectoras/
[2] “Por primera vez la FEUU está a punto de votar dividida al rector” El Observador (16/08/14) http://www.elobservador.com.uy/noticia/285669/por-primera-vez-la-feuu-esta-a-punto-de-votar-divido-al-rector/
[3] Este blog se desmarcó desde la propia campaña de Mujica de esa ilusión: “Carta abierta al presidente electo Sr. José Mujica” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2009/12/carta-abierta-al-presidente-electo-sr.html
[4] Marti, J. “Impulsan plebiscito para que legisladores tengan sueldos de docentes” 180.com.uy (29/06/13) http://www.180.com.uy/articulo/34187_Impulsan-plebiscito-para-que-legisladores-tengan-sueldos-de-docentes
[5] “Oposición reclama participar en elección del rector de la UTEC” El Observador (10/01/13) http://www.elobservador.com.uy/noticia/241052/oposicion-reclama-participar-en-eleccion-de-rector-de-la-utec/
[6] Ver al respecto Ramírez, R. “Otras fugas” (entrevista a Judith Sütz) La Diaria (17/06/14) http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/6/otras-fugas/
[7] Ruiz, C. (2010) De la República al mercado, Lom, Santiago de Chile, pp.145-146.
[8] Ver al respecto Viscardi, R. (Entrevista de Leonardo Flamia) Semanario Voces, “Las redes sociales y la sensibilidad del 68’”, 29 de mayo de 2014, pp.10-11.
[9] Richero, S. “La Factoría” Brecha (15/04/14) Brecha
[10] “Batalla política en la designación del presidente de la ANII” Uypress (18/04/13) http://www.uypress.net/uc_39424_1.html
[11] Flores, M. “¿Más reforma universitaria o contrarreforma academicista?” La Diaria (31/07/14) http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/7/mas-reforma-universitaria-o-contrarreforma-academi/
[12] En el audio de la exposición de Markarian en “Exponen Rico y Markarian” La Onda Digital 684 (11/08/14)  http://www.laondadigital.uy/archivos/2539
[13] “La mayoría de los uruguayos no confía ni en los partidos ni en el Parlamento” El País http://www.elpais.com.uy/informacion/confianza-uruguay-partidos-parlamento-medios.html
[14] En el audio de la exposición de Rico en Op.cit.
[15] “Funciones” INDDHH http://inddhh.gub.uy/funciones/
[16] Derrida, J. (1998) Ecografías de la televisión, Eudeba, Buenos Aires, p.15.
[17] Baudrillard, J. (2000) Mots de passe, Fayard, France, pp.99-100.